lunes, 2 de marzo de 2015

¿Es capaz nuestro sistema inmunitario de entrenarse?



Cuantos fármacos toman hoy los niños?
Qué comen?
Qué actividad física hacen?
Necesitamos el estrés?
Cúmulo de preguntas que vienen al final a hacerme reflexionar sobre si hoy nuestros niños y adolescentes son más sanos que hacen unos años, porque su cuerpo está más entrenado. Y cuando hablamos de cuerpo entrenado no estoy hablando de ejercicio físico o deporte, estoy hablando de entrenar nuestro sistema inmunitario.
Qué mejor forma de entrenar a nuestro sistema inmunitario (que luego tiene que reaccionar ante situaciones de estrés), que entrenarlo sometiéndolo a situaciones de estrés y sosteniéndolo con elementos que le fortalezcan (como una buena nutrición).
El estrés es uno de los elementos más influyentes en nuestro organismo, y ello lo hace a través de la liberación del ACTH (llamada la hormona del estrés).
Uno de los efectos perniciosos para nuestro organismo es que ante esas situaciones de estrés, la liberación de ACTH puede inducir una inhibición de la respuesta de nuestro sistema inmunitario, y como consecuencia directa una mayor posibilidad de contraer enfermedades infecciosas.

¿Y el ejercicio físico no es estrés?
El ejercicio físico proporciona una multitud de efectos beneficiosos sobre nuestro organismo sobre los que existe mucha información hoy en día. Pero también el exceso de ejercicio físico puede provocar un estrés que provocará efectos perjudiciales.
Ciertamente debemos pensar en el equilibrio.
Nuestro sistema inmunitario está preparado para detectar cualquier patógeno que pueda provocar una enfermedad, y posteriormente neutralizarlos.
Como cualquier sistema de nuestro organismo, ese sistema inmunitario responderá al ejercicio físico de una manera o de otra, en función de la intensidad del estímulo al que le sometamos.
Todas nuestras células, responden primero, y se adaptan después a los estímulos, y el ejercicio físico es otro más. Y aquí entra en juego otro concepto: para que los cambios se instauren las células necesitan tiempo para su readaptación, y necesitan que el estímulo se repitan de una forma controlada (y eso es el entrenamiento).
Un objetivo claro es el de conseguir un fortalecimiento de nuestro sistema inmunológico y evitar su deterior.
Hoy en día es aceptado que muchas de las enfermedades crónicas que padecemos (y cuyo riesgo de muerte prematura se ve reducido por la actividad física programada) se asocian a una respuesta inflamatoria crónica como consecuencia de una alteración de sistema inmune.
En este sentido parece que una actividad física regular y programada puede mejorar el funcionamiento del sistema inmunitario y reducir la respuesta inflamatoria de las enfermedades crónicas, ya que durante dicha actividad induce la producción de citocinas antiinflamatoria (IL-6) y también de la IL-12 (a través de su estimulación por la hormona del crecimiento).
En general el ejercicio físico (no extenuante) produce un aumento de los neutrófilos circulantes, una mejora funcional de las células NK, influye en los niveles y función de los linfocitos.

Ejercicio extenuante y el sistema inmune
El problema se plantea con el ejercicio muy intenso, mal coordinado y sin supervisión especializada. En este casos el ejercicio extenuante puede conducir a quién lo practica a un estado de estrés que afecte a su salud.
En este caso se estimula el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, con la consecuente producción de CRH, ACTH y glucocorticoides, que tienen un efecto bloqueante del sistema inmune.

En resumen
La falta de ejercicio o sedentarismo tiene graves consecuencia para la salid.
El ejercicio induce efectos  beneficiosos sobre el sistema inmunológico.
Cuando se practica sin control y de forma extenuante puede asociarse a un aumento de enfermedades infecciosas.

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