sábado, 17 de diciembre de 2016

Lo confieso: yo leí a Ortega y Gasset

No recuerdo, con exactitud, la primera vez que leí a Ortega y Gasset, ni por qué motivo lo hice, pero sí que el primer libro que pasó por mis manos, yo era muy joven desde luego, fue La rebelión de las masas. Me provocó tal atracción su lectura que, durante los siguientes años, volví a leerlo varias veces. Después devoré más libros, como me pasa siempre que un autor me cautiva, entre los que destacaría España invertebrada, El tema de nuestro tiempo o Historia como sistema.
Habrán pasado veinte años, aproximadamente, desde la última lectura que hice de La rebelión de las masas, pero al verlo en la estantería hoy, me he detenido a reflexionar sobre la influencia que ha ejercido en mi vida, y me ha parecido que es un buen momento de releerlo: siglo XXI.
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Ortega es uno de esos autores muy mencionados, pero muy poco leídos, en nuestro país. Controvertido por algunos conceptos de su pensamiento, desde mi punto de vista más por la forma que por el fondo, su propuesta de que el hombre es él y su circunstancia, ha sido citada con mucha frecuencia, incluso por muchas personas que no le han leído, y por tanto con desconocimiento de su significado real. En su intento de superar la razón pura, se posiciona en una visión perspectivista, desde la que defiende que la concepción del mundo, depende del punto de vista y las circunstancias de los individuos, y, por tanto, existirán diversas formas de ver el mundo.
Eso en lo referente a su vertiente filosófica, porque si poco conocido es su pensamiento filosófico, mucho menos lo es su pensamiento político, que reflejó en algunos libros. Leer La redención de las provincias, escrito en 1931, puede resultar muy ilustrativo, incluso hoy en día.
José Ortega y Gasset nació en Madrid en 1883, en una familia burguesa y liberal, fue catedrático de metafísica, político, exiliado, pero si hay algo que, para mí, se debe destacar en su vida, es la fundación de la Revista de Occidente, quizá una de las publicaciones intelectuales más influyentes en el pensamiento europeo del siglo XX. Murió en Madrid en 1955.
Vivió en una España de una intensidad cultural, difícil de repetir: la Institución Libre de Enseñanza, la generación del 98, personajes como Miguel de Unamuno. Por otra parte, nuestro país asistió, en esas décadas, a la pérdida de los restos de su imperio colonial, mientras veía como la revolución industrial, empujaba el desarrollo de una Europa emergente. Es posible que ese entorno, y su paso por las universidades alemanas de Leipzig, Berlín y Marburgo, que siempre reconoció que marcó profundamente su pensamiento, modelara su convencimiento de la necesidad de una élite intelectual (nunca una clase social), que condujera la regeneración social y cultural, tomando como referencia Europa.
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Pero volviendo al libro (La rebelión de las masas), creo que su lectura, y reflexión, puede ser muy enriquecedora. Su título no deja entrever el contenido, ni de lejos, ya que se trata de un libro filosófico, en el que Ortega formula un planteamiento, que puede permitirnos  analizar la realidad histórica presente.
Una primera opinión: parte de la atracción que ejerce Ortega, la consigue a través de su estilo, más cercano a la prosa literaria que al discurso filosófico, quizá consecuencia de su actividad periodística.
Cuando él habla de la masa, está refiriéndose al hombre medio de nuestra sociedad (de la suya) heredero de derechos y atribuciones, que intenta imponer sus planteamientos, y le contrapone la minoría, entendiendo como tal a un reducido número de personas, que dirigen y orientan a la masa, desde el punto de vista intelectual.
Quizá uno de los motivos de las críticas, que desde algunos sectores, se le han realizado a Ortega, derivan de la falta de entendimiento de su pensamiento. Ortega no habla de clases sociales, sino de distintas clases de hombres, de manera que en una misma clase social podemos encontrar masa y minoría (según su definición).
Para él, esa rebelión de la masa (su prototipo de hombre masa es el burgués), conlleva la imposición de lo vulgar intelectualmente, por parte de quien se considera pleno de derechos, pero no de obligaciones, quien carece de ideales y valores. A ese hombre masa lo considera indolente, una persona que vive sin proyectos o ideas, que no conoce la historia, y que por tanto no puede aprender de ella. El problema surge cuando impone su criterio, de forma violenta, a quien no comulga con sus planteamientos. De esa manera pueden nacer los totalitarismos (de uno u otro extremo), como elementos de lucha contra la organización, que permitió el advenimiento del hombre masa: la democracia liberal. ¿Les suena este panorama?
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¿Pero Ortega desprecia al hombre masa? ¿Lo considera tonto? Nada más lejos de su propuesta. Él considera que esa masa, que siempre ha existido, pero que no había adquirido protagonismo histórico antes, es muy superior, hoy en día, a la de épocas anteriores. Lo que critica Ortega no es que ese hombre masa, siendo vulgar, se considere sobresaliente, sino que haga alarde de su vulgaridad e intente imponerla como un derecho.
De ese mismo sentido de vida, nace la exigencia permanente del hombre masa de que sea papá-Estado, quien intervenga para resolver cualquier problema o dificultad. ¿Les suena ese eco de las ideas roussonianas y de la Revolución francesa, en el que el Estado es pura y simplemente una institución al servicio del pueblo?
Ortega anticipó, en su pensamiento, el peligro de desaparición del Estado moderno, fruto de la dificultad de mantener el equilibrio, entre las políticas creadas para aliviar la pobreza, subsidios, pensiones y servicios sociales, y los ingresos necesarios para compensar el déficit  público excesivo, difícilmente viables en etapas de recesión. Adelantó, hace muchas décadas, la problemática que se generaría, cuando al hombre masa se le planteara que los derechos concedidos, deben modificarse.  
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Posiblemente, seguro, esté simplificando mucho el pensamiento de Ortega, pero creo que en lo básico, es así. No creo que fuera un visionario, pero es evidente que su análisis de la historia, una de las herramientas para el desarrollo de su pensamiento, le permitió una aproximación bastante atemporal a la sociedad. Lo cierto es, que estamos entrando en una nueva época, condicionada por la inversión de la pirámide de población, por una sociedad cada vez más urbana, en la que prepondera el ocio y el consumo; en la que la se han modificado el rol tradicional de la mujer, con una juventud influenciada por los medios de comunicación y donde al anonimato cada vez es más difícil.
Yo voy a volver a leer a Ortega.
Por si acaso.

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